Atención Integral en Psiquiatría y Psicología

Psicoterapia

Nos dijeron histéricas

El malestar de las mujeres entre la desigualdad, el diagnóstico y el derecho a ser escuchadas.

Nos dijeron histéricas

El malestar de las mujeres: entre la desigualdad, el diagnóstico y el derecho a ser escuchadas

Dra. Brenda Rodríguez Aguilar

No todo malestar es un trastorno, no todo trastorno puede comprenderse sin contexto, y ningún sufrimiento debería ser minimizado.

Cuando sentir se vuelve una acusación

«Estás exagerando… no es para tanto».

«Eres demasiado sensible: siempre estás buscando problemas».

«Solo te lo digo porque te quiero… y quiero que seas mejor».

Estas frases pueden aparecer en discusiones ordinarias y, consideradas de forma aislada, no demuestran por sí mismas manipulación o violencia. Sin embargo, cuando se repiten dentro de una relación marcada por la desigualdad y hacen que una mujer dude sistemáticamente de lo que percibe, recuerda, siente o necesita, pueden operar como formas de invalidación. Este proceso no pertenece a un único modelo de pareja: puede presentarse en relaciones heterosexuales, en parejas del mismo sexo o género y en vínculos conformados por personas con orientaciones sexuales e identidades de género diversas. Lo determinante no es quiénes integran la relación, sino la existencia de una dinámica asimétrica de poder, control o desautorización. Así, el problema deja de ser una frase aislada y se convierte en un patrón: la experiencia de quien lo vive es definida desde fuera hasta que esa persona comienza a perder autoridad sobre sí misma.

Durante siglos, palabras como «histérica», «nerviosa», «inestable» o «loca» ofrecieron explicaciones rápidas para experiencias femeninas complejas. En ocasiones nombraron síntomas reales, en muchas otras, condensaron juicios sobre la sexualidad, la obediencia, la maternidad o la supuesta fragilidad de las mujeres. La historia de la histeria muestra cómo conocimiento médico, ideas morales y relaciones de género se entrelazaron en la comprensión del sufrimiento (Tasca et al., 2012). El punto no es afirmar que toda psiquiatría haya sido una conspiración contra las mujeres, sino reconocer que ningún diagnóstico nace fuera de su época.

Malestar emocional no es sinónimo de enfermedad

El término malestar emocional es útil precisamente porque no equivale a un diagnóstico formal. Puede describir tristeza, miedo, enojo, cansancio emocional, confusión, culpa, insomnio, sensación de encierro o pérdida de sentido. El concepto de distrés psicológico alude a una experiencia subjetiva desagradable que puede relacionarse con dificultades de afrontamiento, aunque su intensidad y sus consecuencias varían entre personas y situaciones (Ridner, 2004).

Un malestar puede ser una respuesta comprensible ante una ruptura, violencia, precariedad, sobrecarga de cuidados o discriminación. También puede coexistir con —o ser parte de— depresión, ansiedad, trauma u otra condición que requiere evaluación y tratamiento. Duración, intensidad, deterioro del funcionamiento, antecedentes, contexto y riesgo ayudan a distinguir una fluctuación vital de un cuadro clínico. La salud mental, además, existe en un continuo configurado por factores individuales, relacionales, comunitarios y estructurales (World Health Organization [WHO], 2025b).

Una perspectiva de género no reemplaza la evaluación clínica… la mejora: pregunta por los síntomas y por las condiciones de vida que los producen, mantienen o agravan.

De la «tranquilidad recetada» a la escucha situada

Burin, Moncarz y Velázquez propusieron pensar el malestar de las mujeres en la intersección entre subjetividad y condiciones sociales. El subtítulo de su obra —La tranquilidad recetada— conserva una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando la respuesta al sufrimiento consiste únicamente en adaptar a una mujer a aquello que la enferma? (Burin et al., 1990).

La crítica feminista ha mostrado que las categorías diagnósticas y los ideales de feminidad pueden reforzarse mutuamente. Ussher (2011, 2013) analiza cómo conductas que desafían la docilidad esperada —enojo, protesta, deseo, rechazo o ambivalencia— han sido leídas con mayor facilidad como signos de inestabilidad. Esta crítica sigue siendo necesaria, pero no autoriza el movimiento inverso: romantizar el dolor, rechazar tratamientos eficaces o asumir que un diagnóstico siempre es opresión.

Escuchar de manera situada significa sostener dos verdades a la vez. Una mujer puede estar respondiendo a condiciones injustas y, al mismo tiempo, vivir un trastorno depresivo, de ansiedad o relacionado con trauma. Puede necesitar descanso, redistribución del cuidado, seguridad económica y una red que le crea; también psicoterapia, valoración médica o medicación elegida mediante información suficiente. La pregunta ética no es «¿es social o es clínico?», sino «¿cómo interactúan cuerpo, historia, vínculos, desigualdad y recursos en esta experiencia concreta?».

La desigualdad también se siente en el cuerpo

La evidencia contemporánea descarta las explicaciones simplistas y reduccionistas. Por ejemplo, La pobreza, la inseguridad, la discriminación, el empleo precario, el aislamiento y la violencia no son un telón de fondo: modifican la exposición al riesgo y las posibilidades de recuperación.

La violencia contra las mujeres es, además, un problema central de salud mental pública, asociado con depresión, ansiedad, estrés postraumático, consumo problemático de sustancias y conducta suicida, entre otros desenlaces (Oram et al., 2017). Por eso, una consulta que pregunta por síntomas, pero nunca por coerción, miedo, control económico o violencia puede producir un diagnóstico técnicamente correcto y, aun así, una comprensión incompleta.

También cuenta el trabajo que no figura en una nómina. Una revisión sistemática encontró que, entre personas empleadas, el trabajo no remunerado se relaciona negativamente con la salud mental de las mujeres, con efectos menos claros entre los hombres (Ervin et al., 2022). Cocinar, limpiar, anticipar necesidades, recordar citas, cuidar a niñas, niños, personas enfermas o mayores y sostener el clima emocional de una familia consumen tiempo, atención y energía. No todo cuidado enferma, pero su concentración desigual, obligatoria y sin apoyo sí puede desgastar.

Las cifras no hablan solas

La Organización Mundial de la Salud estima que la depresión afecta aproximadamente a 6.9 % de las mujeres adultas y a 4.6 % de los hombres adultos en el mundo (WHO, 2025a). Un metaanálisis de muestras nacionales de más de noventa países encontró una diferencia consistente por género en diagnósticos y síntomas depresivos, que emerge con fuerza desde la adolescencia (Salk et al., 2017).

Estas diferencias no prueban una fragilidad femenina esencial. Pueden intervenir la exposición desigual a violencia y cuidados, la precariedad, experiencias reproductivas, normas sobre la expresión emocional, formas de solicitar ayuda y sesgos en la identificación clínica. Tampoco permiten olvidar a los hombres ni a las personas no binarias. Una cifra describe una distribución poblacional; no explica por sí sola la historia de una persona.

No existe una experiencia universal de «la mujer»

Hablar de mujeres como si constituyeran un grupo homogéneo reproduce otro borramiento. La interseccionalidad examina cómo género, clase, racialización, edad, discapacidad, orientación sexual, identidad de género, migración y territorio se articulan en relaciones de poder; no son casillas que simplemente se suman (Bowleg, 2012). Una mujer con seguridad económica, redes y acceso a servicios no enfrenta las mismas condiciones que una mujer indígena, migrante, trans, con discapacidad, cuidadora única o expuesta a violencia.

Una mirada feminista rigurosa no decide de antemano qué significa el malestar. Escucha cómo lo nombra la propia persona, qué alternativas tiene, qué se espera de ella, qué pérdidas ha atravesado, qué violencias están presentes, qué recursos la sostienen y qué aspectos de su identidad han sido ignorados. La categoría «mujer» abre preguntas; no debe cerrarlas.

Escuchar sin minimizar, atender sin reducir

Frente al malestar, el autocuidado puede ayudar, pero no debe convertirse en una nueva obligación individual para soportar condiciones invivibles. Respirar, caminar o escribir no redistribuye el trabajo doméstico ni detiene una relación violenta. El cuidado integral combina recursos personales, vínculos confiables, atención profesional y transformaciones materiales.

Nombrar la experiencia sin juzgarla: «Lo que sientes importa; quiero comprender qué está pasando».

Preguntar «¿qué te ha ocurrido?» además de «¿qué te pasa?». La primera pregunta incorpora historia y contexto; la segunda explora síntomas y necesidades actuales.

Revisar la distribución del tiempo, el dinero y los cuidados. Lo que parece incapacidad individual puede ser una sobrecarga sostenida.

Explorar seguridad. Si hay miedo, amenazas, vigilancia, control económico o violencia, conviene construir un plan con apoyo especializado sin confrontar a la persona agresora de manera improvisada.

Buscar atención profesional cuando el sufrimiento persiste, se intensifica, afecta el sueño, el trabajo, los vínculos o el autocuidado, o aparecen desesperanza, autolesiones o ideas de muerte.

Tomar decisiones informadas. Psicoterapia, intervenciones sociales y medicamentos no son bandos opuestos; se eligen según necesidades, preferencias, evidencia, riesgos y seguimiento.

Si existe riesgo inmediato de autolesión, suicidio o violencia, llama urgencias o a la Línea de la Vida brinda orientación gratuita y confidencial las 24 horas en el 800 911 2000 (Comisión Nacional de Salud Mental y Adicciones, 2025).

Recuperar la autoridad sobre la propia experiencia

Durante demasiado tiempo, el lenguaje de la locura funcionó como una forma de silenciamiento: si una mujer protestaba, estaba alterada; si dudaba, era débil; si se enojaba, era peligrosa; si pedía ayuda, incapaz. Desmontar esa herencia exige devolver credibilidad sin idealizar: creer que una experiencia merece ser escuchada no significa renunciar a contrastarla, comprenderla o tratarla.

La atención con perspectiva de género pregunta por el síntoma y por el sistema de relaciones en el que aparece. No usa el diagnóstico para borrar la violencia ni usa la desigualdad para negar la enfermedad…

Busca que la persona recupere agencia: capacidad de nombrar, decidir, poner límites, aceptar ayuda y construir una vida vivible.

No estamos «locas» por sentir el peso de un mundo desigual. Tampoco tenemos que demostrar que nuestro dolor es suficientemente político para merecer cuidado. Escuchar, tratar y transformar pueden y deben ocurrir al mismo tiempo.

Referencias

Bowleg, L. (2012). The problem with the phrase women and minorities: Intersectionality—An important theoretical framework for public health. American Journal of Public Health, 102(7), 1267–1273. https://doi.org/10.2105/AJPH.2012.300750

Burin, M., Moncarz, E., & Velázquez, S. (1990). El malestar de las mujeres: La tranquilidad recetada. Paidós.

Comisión Nacional de Salud Mental y Adicciones. (2025, 23 de octubre). La Línea de la Vida, te escucha. Gobierno de México. https://www.gob.mx/conasama/articulos/linea-de-la-vida-800-911-2000

Ervin, J., Taouk, Y., Alfonzo, L. F., Hewitt, B., & King, T. (2022). Gender differences in the association between unpaid labour and mental health in employed adults: A systematic review. The Lancet Public Health, 7(9), e775–e786. https://doi.org/10.1016/S2468-2667(22)00160-8

Lund, C., Brooke-Sumner, C., Baingana, F., Baron, E. C., Breuer, E., Chandra, P., Haushofer, J., Herrman, H., Jordans, M., Kieling, C., Medina-Mora, M. E., Morgan, E., Omigbodun, O., Tol, W., Patel, V., & Saxena, S. (2018). Social determinants of mental disorders and the Sustainable Development Goals: A systematic review of reviews. The Lancet Psychiatry, 5(4), 357–369. https://doi.org/10.1016/S2215-0366(18)30060-9

Oram, S., Khalifeh, H., & Howard, L. M. (2017). Violence against women and mental health. The Lancet Psychiatry, 4(2), 159–170. https://doi.org/10.1016/S2215-0366(16)30261-9

Ridner, S. H. (2004). Psychological distress: Concept analysis. Journal of Advanced Nursing, 45(5), 536–545. https://doi.org/10.1046/j.1365-2648.2003.02938.x

Salk, R. H., Hyde, J. S., & Abramson, L. Y. (2017). Gender differences in depression in representative national samples: Meta-analyses of diagnoses and symptoms. Psychological Bulletin, 143(8), 783–822. https://doi.org/10.1037/bul0000102

Tasca, C., Rapetti, M., Carta, M. G., & Fadda, B. (2012). Women and hysteria in the history of mental health. Clinical Practice and Epidemiology in Mental Health, 8, 110–119. https://doi.org/10.2174/1745017901208010110

Ussher, J. M. (2011). The madness of women: Myth and experience. Routledge. https://doi.org/10.4324/9780203806579

Ussher, J. M. (2013). Diagnosing difficult women and pathologising femininity: Gender bias in psychiatric nosology. Feminism & Psychology, 23(1), 63–69. https://doi.org/10.1177/0959353512467968

World Health Organization. (2025a, August 29). Depressive disorder (depression). https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/depression

World Health Organization. (2025b, October 8). Mental health. https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/mental-health-strengthening-our-response

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